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En memoria de Agustín Udías, SJ

May 5, 2026

El jesuita que unió ciencia, fe y el pensamiento de Teilhard de Chardin.

Nos ha dejado Agustín Udías Vallina, SJ. Con su muerte desaparece una de las voces más serenas, rigurosas y esperanzadas del diálogo entre la ciencia y la fe en el mundo hispano. Jesuita, geofísico de prestigio internacional y uno de los mayores conocedores del pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin, Udías encarnó durante casi nueve décadas una síntesis vital que muchos considerábamos imposible y que él demostró no solo viable, sino profundamente fecunda.

Nacido en Santander en 1935, su vida estuvo marcada desde muy pronto por una doble pasión: la de escrutar las entrañas de la Tierra con los instrumentos de la geofísica y la de buscar el rostro de Dios en la creación y en la historia. Ingresó en la Compañía de Jesús y compaginó la formación religiosa con estudios científicos de alto nivel. Llegaría a ser catedrático de Geofísica en la Universidad Complutense de Madrid, de la que era profesor emérito, y uno de los sismólogos españoles más respetados. Su trayectoria académica lo llevó a formar parte de la Academia Europea y a ser elegido académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. Detrás de estos reconocimientos había algo más que méritos curriculares: una convicción profunda de que el conocimiento científico, cuando se ejerce con honestidad, no aleja de la trascendencia, sino que la hace más accesible y más exigente.

Esta convicción se tradujo en una prolífica obra escrita que ha marcado a varias generaciones. En libros como Ciencia y religión. Dos visiones del mundo y Ciencia y fe cristiana en la historia, ambos publicados por Sal Terrae, Udías recorrió con solvencia y sin simplificaciones los siglos de encuentro y desencuentro entre el saber humano sobre el universo y la experiencia creyente. No buscaba apologías fáciles ni concordismos ingenuos. Su propósito era más ambicioso y más humilde: mostrar que la fe cristiana, bien entendida, no tiene nada que temer del avance de las ciencias naturales y que, a su vez, la investigación científica puede enriquecerse cuando se abre a preguntas últimas sobre el sentido y el origen.

El mismo espíritu animó su estudio Los jesuitas y la ciencia, editado por Mensajero. En sus páginas, Udías recuperaba con rigor y afecto la extraordinaria contribución de la Compañía de Jesús al desarrollo del conocimiento universal: desde los observatorios astronómicos de los siglos XVII y XVIII hasta las misiones científicas en los confines del mundo, pasando por la sismología misma, campo en el que los jesuitas han dejado una huella imborrable. No era solo historia; era también una forma de entender su propia vocación: la de un religioso que no renuncia a la inteligencia crítica ni a la búsqueda de la verdad dondequiera que esta se encuentre.

Pero si hay un nombre que late con especial intensidad en su producción de los últimos años, ese es el de Pierre Teilhard de Chardin. Udías se convirtió en uno de los más lúcidos intérpretes y defensores del paleontólogo y místico francés en el ámbito de habla hispana. Para él, Teilhard no era una figura controvertida que hubiera que defender con cautela, sino un profeta que había vislumbrado, con anticipación asombrosa, que la evolución biológica y la maduración espiritual no son dos procesos paralelos, sino dos caras de un mismo movimiento hacia la plenitud. Esa convicción dio lugar a títulos tan significativos como La presencia de Cristo en el mundo (Sal Terrae) y, sobre todo, a Los Ejercicios Espirituales con Teilhard de Chardin (Mensajero). En esta última obra, Udías lograba algo realmente original: poner en diálogo la pedagogía ignaciana de los Ejercicios con la cosmología teilhardiana, ofreciendo una relectura de la espiritualidad que integra la evolución de la materia y el crecimiento del espíritu como un único camino de configuración con Cristo. No se trataba de una mera yuxtaposición intelectual, sino de una propuesta espiritual concreta para nuestro tiempo: una espiritualidad capaz de abrazar el universo que la ciencia nos descubre sin renunciar a la centralidad de la persona de Jesús.

Esta síntesis entre geofísica, historia de la ciencia y teología convertía a Agustín Udías en una figura especialmente valiosa para los retos actuales de la ecología integral. Quien había dedicado su vida a estudiar las leyes que rigen el interior de la Tierra y, al mismo tiempo, a contemplar el universo como espacio de la acción creadora y redentora de Dios, estaba singularmente preparado para hablar de un cosmos que no es mero escenario, sino proceso en marcha hacia su consumación. Su visión no era triunfalista ni ingenua; era, más bien, la de quien sabe que la investigación rigurosa y la apertura a la trascendencia no se oponen, sino que se reclaman mutuamente.

Agustín Udías ha sido, además, uno de nuestros autores más queridos. Sus libros se leen con la sensación de estar ante alguien que no solo sabe, sino que ama lo que explica. Detrás de cada página hay una fe adulta, una inteligencia cultivada y una bondad que se percibe sin necesidad de proclamas.

Y ahora que ya no está, duele. Duele la ausencia de su voz serena, de esa manera tan suya de hablar de lo más profundo sin levantar la voz. Duele pensar que ya no podremos esperar un nuevo libro suyo, una nueva conferencia, una nueva mirada sobre Teilhard que nos devolviera la esperanza en medio de tanto ruido. Pero su legado permanece vivo, más vivo que nunca. Quienes hemos leído sus páginas, quienes hemos escuchado sus palabras o quienes simplemente hemos tenido la suerte de cruzarnos con él en algún camino de la Compañía, sabemos que su mayor enseñanza no fue un conjunto de ideas, sino una actitud: la de quien, después de pasar toda una vida estudiando las leyes de la materia, seguía esperando y anunciando, con una certeza tranquila y luminosa, la plenitud del Espíritu.

Que el Dios en el que creyó y al que sirvió lo acoja ahora en su paz. Que, desde donde está, siga tendiendo puentes entre la Tierra y el Cielo, entre la evolución y la gracia. Y que nosotros, los que nos quedamos, sigamos su ejemplo: estudiando la creación con rigor, amándola con ternura y confiando, como él confiaba, en que todo, absolutamente todo, converge hacia ese Punto Omega donde la ciencia y la fe ya no serán dos caminos, sino uno solo, en Cristo.

Dale, Señor, el descanso eterno y brille para él tu Luz perpetua.

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