El único Cristo
¿Acaso debemos desterrar de nuestro mundo la utopía de la unidad? Pero lo cierto es que dicha utopía es lo que mueve al ecumenismo, incita al debate con el judaísmo y acelera el diálogo interreligioso: no es, pues, algo inerte. ¿Habrá que renunciar al sentido global de la historia, que, de hecho, ha dinamizado la cultura occidental, demostrando su importancia? ¿Habrá que abandonar la intuición de una dirección única de la evolución universal? ¿No será la utopía de la unidad más que belleza vana o ficción necesaria para conjurar la desesperanza? ¿Es razonable, en este mundo de dispersión y violencia, reconocerle a Cristo resucitado la voluntad de unificar lo que no deja de fragmentarse? ¿No significará eso atribuirle un deseo prematuro? Hay otro camino posible: asumir de manera positiva la división. Si los fragmentos que constituyen nuestro mundo fueran eliminados, la unidad sería cruel y totalitaria, pues no permitiría reconocer la libre singularidad de éstos ni explotar su riqueza. El cristiano cree en la ejecución de una sinfonía final cuya partitura ignora, aunque sospecha que aún no ha sido escrita. Pero algunos indicios permiten adivinar su grandiosidad.
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Sello
SalTerraeISBN
978-84-293-1573-8Colección
Presencia TeológicaNº Páginas
256Número
136Año
2005Edición
1Formato
Rústica con solapasDimensiones
14.30x21.30No hay eventos relacionados con este producto.
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