loader image

Vidas que arden sin hacer ruido

Jun 4, 2025

Cuando pensamos en un mártir, es fácil que venga a la cabeza una imagen casi estereotípica: la de un hombre o una mujer con túnicas muy pulcras, con una aureola dorada, llevando en una mano una palma o el instrumento con el que fueron torturados o ejecutados, y con una mirada de paz casi inhumana, con la que se expresa su deseo de afrontar la muerte sin temblar, de alcanzar sin temor la santidad más inmediata. Así nos lo han contado en historias y en libros a lo largo de los siglos. Y así lo hemos visto una y otra vez representado en estampas, retablos, cuadros y tallas que se encuentran en todo tipo de iglesias, conventos, palacios, casas y museos…

La iconografía, heredera de la épica y de las leyendas apologéticas, en ese sentido, ha hecho bien su trabajo. Ha ido puliendo los bordes, borrando el temblor, suavizando el rostro, eliminando las sombras que acompañan a cualquier ser humano cuando está al límite. Nos ha dejado una versión limpia, sin desgaste, sin grietas. Y esa es la imagen que conservamos de un mártir: puro coraje, pura firmeza, pura heroicidad.

Pero, en el fondo, cualquiera puede intuir que no fue así. Y justo es en esa percepción, de donde surge El pez de barro, la novela de Ana Medina y Antonio S. Reina, ambientada en la Malaca romana del año 303. En ese cruce de caminos entre la vida cotidiana y la amenaza constante, entre el amor joven y la persecución imperial, los autores -dos malagueños- sitúan a Ciriaco y Paula, dos jóvenes malacitanos cristianos que viven su fe con la intensidad propia de quien está empezando a descubrir el sentido profundo de su existencia. Ciriaco y Paula son los mártires emblemáticos de Málaga, convertidos en patronos de la ciudad tras la Reconquista y protagonistas de una leyenda que, aunque nunca del todo olvidada, ha sido poco tratada.

En esta novela no hay un heroísmo espiritual sentimentalista ni exagerado, como suele ocurrir cuando uno se deja inspirar por los temas hagiográficos. Lo que encontramos es una humanidad auténtica, creíble y emocionante. Una humanidad que se mueve entre las complejidades, contradicciones y límites propios, y los de su sociedad, en un contexto histórico concreto y en un espacio real, tan tangible, que hoy si quieres lo puedes pisar. Los autores han recreado con gran fidelidad las fuentes históricas y las investigaciones arqueológicas actuales para mostrar cómo era la ciudad mediterránea de Malaca romana y cómo se vivía allí a comienzos del siglo IV d.C.

Y es que precisamente necesitamos esa mirada tranquila y al mismo tiempo veraz que aporta la ficción histórica, para recuperar la visión humana de nuestros santos más antiguos. Porque sabemos -aunque a veces lo olvidemos- que detrás de cada uno de esos nombres había personas de carne y hueso. Personas que no eran inmunes. Que no caminaban sobre el dolor sin notarlo. Que dudaban, que tenían miedo, que se preguntaban si valía la pena seguir adelante. Personas que, en un momento concreto, tuvieron que elegir entre callar o sostener lo que eran. Vidas reales, al fin y al cabo, aunque firmemente ancladas en Cristo.

Ahí está la verdadera diferencia. Su entrega -lo que llamamos testimonio- no nació de un fanatismo ciego, sino de una coherencia profunda. Había algo -alguien- que les importaba más que su propia seguridad.

Quizá nos resulta más cómodo pensar en esos mártires como figuras lejanas. De alguna forma, verlos así nos libera de la responsabilidad de compararnos. Pero cuando los miramos sin filtros, sin aureolas ni marcos dorados, justo como consiguen Ana Medina y Antonio S. Reina en su novela, entonces su historia empieza a tocar la nuestra. Porque se parecen demasiado a nosotros. Porque, seguramente, tuvieron dudas muy parecidas a las nuestras. Porque seguramente también les dolía lo mismo. Y porque decidieron seguir caminando con los ojos fijos en lo esencial.

Y si eran tan parecidos a nosotros, ¿habríamos sido capaces de hacer lo mismo? La pregunta es incómoda, pero es justo que dejemos que nos hiera. Porque el martirio no empieza en la ejecución, sino en la vida que uno elige llevar. En cómo se sostiene lo que se cree. En cómo no se camufla la fe cuando lo que se te pide es agradar. En cómo se defiende lo que importa, aunque no dé beneficios. Y eso, hoy, sigue pasando.

Por eso, vale la pena preguntarse: ¿Qué parte de tu vida arde en silencio, sin hacerse notar, pero sin apagarse? Y El pez de barro es una buena manera de empezar a encontrar respuestas.

MensajeroMensajero

El pez de barro

Ana María Medina Heredia, Antonio Jesús Sánchez Reina

25,00  23,75 
Comprar
0
    0
    Tu pedido
    Tu pedido esta vacíoVuelve a la web