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La verdadera «cosa rara» no es un monstruo

Nov 27, 2025

Dicen que millones de personas de todo el mundo están expectantes ante el final de Stranger Things. Y es verdad. Pero no es solo por el despliegue de efectos especiales o por saber quién gana la batalla final. Quizás es por algo más hondo. Seguramente porque, al volver a Hawkins, en realidad estamos volviendo a nuestras propias sombras. Fran Beúnza ha tenido el acierto —y la audacia— de ponerlo negro sobre blanco en Encontrar la luz perdida: nos fascina el Upside Down porque, admitámoslo, a veces vivimos en él.

Esa dimensión fría y gris no es solo fantasía. Es la ansiedad de un lunes cualquiera. Es la culpa que se enquista. Es esa sensación de extrañeza que tantos jóvenes confiesan en voz baja. El libro no usa la serie como excusa, sino como espejo: el monstruo Vecna da miedo, sí, pero da más miedo la desesperanza que nos aísla.

Ante este desenlace, conviene detenerse en una imagen que Beúnza rescata con una sensibilidad exquisita. Max Mayfield, atrapada en el infierno de su propia mente, a punto de quebrarse. Y de pronto, una canción. Running Up That Hill. Una grieta de luz.

Beúnza nos lanza la misma pregunta que les hace a sus alumnos: ahí, en medio del terror, ¿dónde está Dios? Basta con observar bien a Max para ver que Dios no está en el rayo que fulmina al monstruo, sino en la melodía que se cuela por los auriculares. Se manifiesta como esa presencia discreta, sutil, casi imperceptible, que sin embargo se vuelve urgente y vital cuando todo lo demás falla. Es el Dios que no grita, pero que susurra una canción capaz de despertar la «memoria del amor» —un beso, una fiesta, un abrazo— para abrir una grieta en el muro del infierno y traernos de vuelta a la vida. Está en esa melodía que despierta la memoria del corazón y nos recuerda que fuimos amados.

Vivimos en una sociedad que ha normalizado el culto al éxito, al dinero y a la apariencia. Creer en esos ídolos es lo sensato, lo aceptado. Por eso, Encontrar la luz perdida pone el dedo en la llaga con una ironía finísima: hoy, la verdadera strange thing, la auténtica rareza contracultural, es tener fe.

Ser cristiano hoy es ser el “bicho raro” que se atreve a decir que el Upside Down no tiene la última palabra. Es resistirse a la inercia del vacío. Mientras cualquiera se se sienta inocentemente a ver cómo Once lucha contra el mal, Fran Beúnza nos invita a hacer algo más radical: a ser «detectives especiales» de la propia vida. A buscar esas huellas de trascendencia —unos zapatos, una canción, un gesto— que pasan desapercibidas para la mirada superficial, pero que esconden el camino de vuelta a casa.

Quizá la clave para afrontar este final de temporada —y la vida misma— no esté en entender el origen del mal, esa obsesión por el «por qué» que a menudo nos paraliza. Es una pregunta tramposa, un laberinto intelectual del que rara vez se sale indemne. Fran Beúnza propone, a través de historias conmovedoras como la de Andre Agassi o los héroes de Chernóbil, un giro copernicano: abandonar la inquisición del «por qué» para abrazar, con todas sus consecuencias, el «por quién» . Ahí reside la verdadera revolución. Agassi no se dejaba la piel en la pista por amor a un deporte que, según confiesa, detestaba en secreto, sino que encontró la fuerza en quienes daban sentido a su esfuerzo. De igual modo, los tres voluntarios de Chernóbil no bajaron al infierno radiactivo impulsados por una ideología abstracta o la lealtad a una bandera, sino por un impulso interior mucho más potente: salvar los rostros concretos de sus seres queridos .

La salvación nunca es teórica, pero siempre tiene nombre y apellidos. Y es que nadie corre hacia la salida por un concepto filosófico. Max corre hacia sus amigos. Nosotros corremos hacia los rostros que nos esperan al otro lado del miedo. Cuando el sufrimiento o la ansiedad —ese Vecna cotidiano— nos acorralan, la única fuerza capaz de romper el bloqueo es ponerle cara al motivo de nuestra lucha. La esperanza, nos recuerda el libro, siempre tiene nombre propio.

Fran Beúnza entrega en estas páginas el mapa que falta en el guion de Netflix: el plano para detectar la música de Dios cuando el ruido es ensordecedor. Y como ya saben quienes siguen la serie, entrar en el Upside Down sin una linterna es una imprudencia. Leer este libro es encenderla de otro modo. Ver la quinta temporada sin este libro en la mano es quedarse a medias. Ojalá que, al terminar, quede el poso de esta verdad antigua y nueva: que aunque la noche parezca eterna, la luz siempre encuentra una grieta. Una luz que siempre gana.

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Encontrar la lux perdida

Fran Beúnza Navarro

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