J. R. R. Tolkien creó la Tierra Media a partir de una pasión muy concreta: las palabras. Filólogo, profesor de Oxford, autor de El hobbit y El Señor de los Anillos y católico durante casi toda su vida, Tolkien reunió literatura, lenguaje y fe en una imaginación que sigue atrayendo lectores medio siglo después de su muerte. “La fe de Tolkien”, de Holly Ordway, permite entender mejor esa relación. En octubre, Mensajero publicará también “Las lecturas modernas de Tolkien”, un estudio que amplía el retrato del escritor y descubre la variedad de libros contemporáneos que alimentaron su mundo literario.
Todo empezó, en cierto modo, con una palabra.
En 1913, mientras estudiaba en Oxford, Tolkien encontró el nombre Éarendel en un poema anglosajón atribuido a Cynewulf. Aquellas sílabas despertaron su curiosidad filológica y también su imaginación. Años después, Éarendel se convertiría en Eärendil, uno de los personajes centrales de la mitología que precede a El Señor de los Anillos. Alrededor de aquel nombre aparecieron poemas, genealogías, pueblos, guerras y lenguas inventadas.
Esta escena explica mucho acerca de Tolkien. Su imaginación crecía desde el lenguaje. Estudió anglosajón, inglés medio, nórdico antiguo, galés y otras lenguas germánicas. Trabajó durante un tiempo en el Oxford English Dictionary, enseñó en Leeds y regresó a Oxford en 1925 como profesor. Allí dedicó décadas a la filología medieval y escribió uno de los estudios más influyentes sobre Beowulf.

Para Tolkien, cada palabra guardaba una historia entre las letras, sus ligaduras, pronunciación, sentidos y orígenes. Las lenguas cambiaban porque las personas viajaban, combatían, comerciaban y convivían. Cuando empezó a inventar idiomas, aquellos idiomas reclamaron hablantes. Los hablantes necesitaron antepasados, territorios y relatos. De esa lógica filológica nació buena parte de la Tierra Media. Y quizás, por eso sus libros producen una sensación tan particular de antigüedad. Frodo, Aragorn o Gandalf caminan por lugares donde otros vivieron siglos antes. Las ruinas conservan historias. Los nombres remiten a lenguas anteriores. Los poemas recuerdan guerras que pertenecen a otra época. Tolkien logró que el pasado pesara sobre cada página.
Su propia biografía también estaba marcada por una herencia recibida.
John Ronald Reuel Tolkien nació en Bloemfontein, Sudáfrica, en 1892. Tras la muerte de su padre, regresó a Inglaterra con su madre, Mabel, y su hermano Hilary. En 1900, Mabel abrazó el catolicismo. Aquella decisión condicionó la vida familiar y dejó una impresión profunda en Ronald. Cuando ella murió en 1904, Tolkien tenía doce años. El sacerdote oratoriano Francis Xavier Morgan asumió la tutela de los dos hermanos y acompañó de cerca su educación.
Holly Ordway reconstruye esta historia en “La fe de Tolkien”. Su investigación sigue la vida religiosa del escritor a través de cartas, testimonios, amistades, parroquias y hábitos cotidianos. El libro permite comprender el catolicismo de Tolkien como una experiencia biográfica que atravesó la infancia, la guerra, el matrimonio, la paternidad, las amistades y la escritura.
La Primera Guerra Mundial ocupa un lugar decisivo en ese recorrido. Tolkien combatió en la batalla del Somme en 1916. La enfermedad lo apartó del frente y permitió su regreso a Inglaterra. Dos amigos muy cercanos de su grupo juvenil, el T. C. B. S., murieron durante la guerra. Aquellas pérdidas acompañaron al escritor durante décadas.
Muchos lectores reconocen esa experiencia en la importancia que Tolkien concede a la amistad, al cansancio, al miedo y a la resistencia cotidiana. Frodo y Sam avanzan porque permanecen juntos. Los personajes pequeños adquieren una responsabilidad enorme. La guerra deja heridas incluso después del regreso.
Años después, Oxford incorporó otra figura decisiva a su biografía: C. S. Lewis. Los dos profesores compartieron conversaciones, lecturas y reuniones de los Inklings. En septiembre de 1931, Tolkien participó en una larga conversación con Lewis y Hugo Dyson acerca del mito, el cristianismo y la verdad. Aquella charla influyó profundamente en el camino religioso de Lewis.
Tolkien defendía que los mitos podían expresar verdades mediante relatos. Esa idea también explica su propia literatura.
En 1953 escribió al jesuita Robert Murray y definió El Señor de los Anillos como un libro «fundamentalmente religioso y católico». Tolkien explicó que esa dimensión había surgido primero de manera inconsciente y que durante la revisión adquirió plena conciencia de ella.
El resultado aparece dentro de la historia mediante decisiones, tentaciones, misericordia, sacrificio y libertad. Boromir desea utilizar el Anillo para defender a su pueblo y descubre la capacidad corruptora del poder. Frodo acepta una carga que termina superando sus fuerzas. Sam permanece junto a él. Gollum recibe misericordia y esa misericordia acaba interviniendo en el desenlace de la historia.
La dimensión católica de Tolkien vive precisamente dentro de los actos y sus consecuencias.
“La fe de Tolkien” ayuda a entender también al hombre situado detrás de los libros. Ordway presenta a un creyente con una historia concreta, una personalidad fuerte, una vida familiar intensa y una relación constante con la Iglesia. Esa perspectiva añade profundidad a la lectura de Tolkien porque conecta literatura y biografía sin convertir sus personajes en símbolos rígidos.
En octubre, Mensajero ampliará esta conversación con “Las lecturas modernas de Tolkien”, también de Holly Ordway. El libro estudia a Tolkien como lector de autores contemporáneos y corrige la imagen del profesor encerrado exclusivamente entre manuscritos medievales.
Y es que Tolkien era capaz de disfrutar y dejarse iluminar tanto por la literatura infantil, los libros de aventuras y espadachines, la poesía del XVII, o la fantasía y narrativa de los siglos XIX y XX. Su biblioteca incluía nombres como William Morris, H. Rider Haggard, E. Nesbit, Kenneth Grahame, Beatrix Potter o James Joyce. Estas lecturas convivían con Beowulf, las sagas nórdicas y la literatura medieval que conocía como especialista.
Esa combinación explica parte de la fuerza de su escritura. Tolkien conocía el pasado y pertenecía plenamente al siglo XX. Había vivido la guerra industrial, los cambios tecnológicos y la transformación del paisaje inglés. Su Tierra Media reúne memoria antigua y experiencia moderna.

Quizá por eso seguimos leyendo a Tolkien. El filólogo sabía que una palabra puede sobrevivir durante siglos. El católico recibió una tradición familiar y la convirtió en parte de su vida adulta. El escritor imaginó historias que hoy pasan de padres a hijos y vuelven a empezar con cada lector.
En 1913, Tolkien encontró Éarendel dentro de un poema antiguo. Una palabra cambió su imaginación. Más de un siglo después, millones de lectores siguen entrando por aquella puerta.




