Despedir a un autor y amigo siempre cuesta. Cuesta porque en sus libros queda su manera de mirar, su paciencia para pensar y esa forma tan suya de acercarse a lo importante con discreción, hondura y cariño. Hay personas que escriben desde la cabeza. Guibert escribía también desde la vida, desde la experiencia de haber enseñado, acompañado, gobernado, escuchado y aprendido junto a otros. Por eso sus páginas conservan algo suyo: una voz serena, una inteligencia práctica y una fe que bajaba siempre a la realidad concreta.
José María Guibert Ucín, SJ, nacido en Azpeitia en 1962, jesuita vasco, ingeniero industrial y teólogo, fue un hombre de universidad, de palabra templada y de servicio fiel. Profesor, investigador, rector de Deusto y compañero de camino, dedicó su vida a formar personas con competencia, conciencia, responsabilidad y deseo de servir. En él convivían el rigor del ingeniero, la mirada del teólogo y la sensibilidad de quien entiende que toda institución vale por las personas que cuida, educa y acompaña.
Había nacido en la tierra de san Ignacio de Loyola, y esa raíz ignaciana acompañó su modo de vivir, educar y decidir. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1982 y recorrió un camino amplio, hecho de ingeniería, teología, experiencia internacional, docencia y cuidado institucional. Su vida unió estudio y misión, pensamiento y gestión, espiritualidad y trabajo diario. Esa unión explica buena parte de su legado: pensar bien para servir mejor, decidir con conciencia, gobernar con humildad y poner el talento al servicio de una comunidad humana.
En sus libros queda un legado precioso para nuestro presente: la amistad como forma de liderazgo, el discernimiento como ejercicio diario, la humildad como escuela de autoridad, el servicio como criterio de gobierno y la educación como tarea completa, hecha de virtudes y letras. Guibert escribió sobre instituciones, pero hablaba de personas. Pensó el liderazgo, pero hablaba de cuidado. Estudió la gestión, pero la llevaba siempre al terreno de la conciencia, de la responsabilidad y del bien compartido. Sus reflexiones enseñan que dirigir significa atender, escuchar, ordenar, sostener y ayudar a crecer.
También queda en sus páginas san Francisco Javier, una de sus grandes pasiones. Guibert veía en Javier a un hombre en camino, libre para dejar seguridades, atento a Dios en cada decisión y capaz de entrar en culturas distintas con respeto, afecto y valentía. Javier le ayudó a pensar un liderazgo en movimiento: abierto al cambio, humilde para aprender, audaz para servir y profundamente humano en el trato. En esa figura encontró una clave ignaciana muy viva: la misión empieza en el amor concreto por las personas y crece cuando uno se atreve a salir de sí mismo.
Al despedirlo, sentimos una gratitud muy honda: por lo que enseñó, por lo que escribió, por su amistad y por esa manera limpia de recordarnos que dirigir, educar y servir nacen del amor concreto por las personas. Sus libros quedan ahora como conversación abierta, como memoria agradecida y como llamada serena a vivir con mayor responsabilidad, mayor ternura y mayor entrega.
Dale, Señor, el descanso eterno y brille para él tu Luz perpetua.










