A las ocho y cuarto de la mañana, el cielo estalló. No hubo aviso. Solo un fogonazo, un temblor seco, y después una ciudad convertida en escombro.
Pedro Arrupe estaba allí. Médico. Jesuita. Testigo. No buscó explicaciones. Abrió la puerta, improvisó una enfermería con lo que tenía y empezó a curar. No tuvo tiempo para discursos.
Lo que vio no se olvida. Gente caminando sin piel, heridas abiertas, ojos sin mirada. Calles arrasadas. Ríos llenos de cuerpos. Una ciudad que había dejado de ser ciudad.
Yo viví la bomba atómica no es un libro para adornar la memoria. Es un testimonio frío, preciso, contenido. Arrupe cuenta lo que pasó. Lo que hizo. Lo que quedó. Sin dramatismo, sin vueltas. No escribe para conmover. Escribe porque no se puede callar.
Esas páginas no buscan convertirlo en héroe. Ni en santo. Pero lo muestran como lo que fue: un hombre que no miró hacia otro lado cuando el horror pasó por su puerta.
Eso basta.



