Quizá la memoria más auténtica y reveladora viaja en algo tan cotidiano como el recorrido de un tranvía urbano. Vivimos en una época acostumbrada a consumir tragedias a velocidad de titular, acumulando datos y mapas mientras tendemos a olvidar que el impacto real del horror siempre recae sobre la vida diaria de gente corriente.
Existe una paradoja llamativa en nuestra forma de mirar el pasado: nos fascinan las grandes narrativas épicas, pero a menudo nos descoloca la dignidad sencilla de quienes vivieron la barbarie y se resisten tajantemente a que su existencia sea catalogada como un mero drama. Al final, preguntarse cómo se mantiene la entereza o cómo se resiste a la deshumanización en mitad del caos no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una necesidad bastante urgente para examinar nuestro propio presente.
Sobre la fuerza de las pequeñas historias frente al ruido de la gran Historia, sobre la empatía y sobre cómo la decencia se abre paso en los momentos más oscuros, charlamos a continuación.

Pregunta:
La idea de este libro surgió casi por casualidad. ¿Cómo descubriste la increíble odisea de Emanuele Di Porto y qué sentiste al conocer en persona al «chico del tranvía»?
Respuesta:
Descubrí la historia de Emanuele por casualidad, una noche, viendo la televisión. Emitían un documental sobre la redada nazi en el gueto de Roma del 16 de octubre de 1943, del que solo pude ver algunas escenas: precisamente las de un niño que vagaba por la ciudad a bordo de un tranvía. Inmediatamente pensé que era una historia preciosa para ser contada, así que le pedí ayuda a un amigo sacerdote, el padre Luca Bandiera, muy vinculado a la comunidad judía italiana.
A los pocos días, Luca me envió desde Jerusalén el número de móvil de Emanuele, que vive en Roma, igual que yo. No le llamé de inmediato; me parecía una falta de respeto pedirle a un hombre anciano que me relatara el periodo más oscuro de su vida. Fue mi amigo quien insistió. Aguanté dos meses, hasta que Luca me dijo: «Llámalo, ya verás cómo será un rayo de luz en tu vida». Y así fue.
Nos citamos en la Piazza delle Tartarughe, en el escenario real de los hechos. Allí, Emanuele evocó aquel sábado negro del 16 de octubre de 1943. Sus palabras, su tono y su emoción me conmovieron profundamente. Una conmoción que alcanzó su punto álgido al despedirnos, cuando me dio un fuerte abrazo. Fue exactamente ese abrazo el que encendió la chispa emocional para escribir Un tranvía para la vida.
Pregunta:
Emanuele te hizo una petición que supone todo un reto dada la dureza del contexto: «No conviertas mi vida en una tragedia, porque no me gustan las tragedias». Escribir sobre la redada nazi en el gueto romano sin perder esa luminosidad debió de ser complejo. ¿De qué manera influyó esta actitud tan vital en tu estilo narrativo?
Respuesta:
Para empezar, requirió un ejercicio absoluto de empatía e imitación: yo, una mujer adulta, católica y de origen siciliano, tuve que ponerme en la piel de un niño judío de doce años en la Roma de 1943 ocupada por los nazis. Concretamente, en un niño que se ve obligado a convertirse en el cabeza de familia para sacar adelante a sus cinco hermanos y a su padre, hundido en una profunda depresión tras la detención de su esposa. Me convertí en alguien que no podía permitirse el lujo de dejarse abrumar por el dolor de la captura de su madre, porque la supervivencia de los suyos dependía de su capacidad para llevar el pan a casa.
Por otro lado, esa recomendación suya —«No hagas una tragedia, porque la vida conmigo ha sido buena»— fue una indicación que no pude ignorar y que mantuve presente incluso al abordar los episodios más trágicos de Roma: el atentado de Via Rasella, la masacre de las Fosse Ardeatine o las diez madres ejecutadas en el puente de la Industria. Aunque Emanuele no los vivió en primera persona, los incluí en la narración para contextualizar la época. Para mantener encendida la luz de la esperanza en medio de la oscuridad más densa, inventé el personaje de Ruth, la joven de la que Emanuele estaba enamorado.
Pregunta:
Sabiendo que aportas ese rayo de luz a una época tan sombría, ¿qué se va a encontrar exactamente el lector al adentrarse en las páginas de la novela y acompañar a Emanuele en su recorrido en tranvía?
Respuesta:
Se encontrará una historia de esperanza. Un libro articulado alrededor de dos figuras centrales: una madre, Virginia Piazza, y un niño que se desvive para que a su familia no le falte de nada. Pero se encontrará, sobre todo, una demostración de fortaleza en tiempos extremadamente duros; el valor de quien logra mantenerse con vida a pesar de los planes de exterminio.
Pregunta:
¿A qué tipo de lector va dirigida esta obra y quién crees que puede empatizar más con el periplo de Emanuele?
Respuesta:
Es una historia para todos los públicos. En Italia la han leído desde alumnos de primaria, secundaria y bachillerato hasta adultos. Sin embargo, los niños son los que más se identifican, porque les aterroriza la sola idea de perder a su madre. De hecho, una de las preguntas que más le repiten a Emanuele es esa: «¿Cómo se vive sin madre?». Y él responde simplemente: «Mal». Y calla, porque se le hace un nudo en la garganta.
Pregunta:
A pesar de ambientarse en un periodo trágico, la novela muestra que la decencia y la humanidad siempre encuentran un resquicio por el que abrirse paso. Mirando el mundo actual, ¿por qué resulta tan vigente este episodio de 1943 y qué mensaje nos deja?
Respuesta:
Porque es imprescindible seguir creyendo en el altruismo, en la bondad y en la valentía de quienes arriesgan su vida para salvar la de otro. No es admisible que el mal triunfe ni que los intereses de las superpotencias —mayoritariamente económicos— prevalezcan sobre el derecho a la vida, a la paz y a la felicidad de los pueblos.
Necesitamos formar conciencias capaces de oponerse al mal, y para lograrlo es indispensable conocer la Historia a través de las pequeñas vivencias personales de quienes la padecieron. Solo a través de esas microhistorias podemos empatizar, comprender el dolor de la pérdida, el hambre o el miedo, y esforzarnos de verdad para que algo así no se vuelva a repetir.




