Entre el 11 y el 12 de mayo de 1610, el padre jesuita Matteo Ricci cerró los ojos por última vez en Pekín. Aquel día no solo moría un misionero: desaparecía uno de los pocos hombres de su tiempo capaz de hablarle de tú a tú a una civilización tan antigua y sofisticada como la china. Su legado, sin embargo, no terminó allí. Gracias al trabajo de su compañero Nicolas Trigault, las ideas, vivencias y métodos de Ricci cruzaron de nuevo el mar, esta vez para instalarse en las imprentas europeas.
En 1615, cinco años después de su muerte, Trigault publicó en Augsburgo De Christiana Expeditione apud Sinas suscepta ab Societate Jesu. No era una biografía convencional. Era un testimonio, casi una crónica de campaña, basado en los escritos y cartas que Ricci había dejado. Trigault, también jesuita, había viajado a China y entendido lo que Ricci intentaba hacer: no imponer, sino comprender; no sustituir, sino dialogar. Su edición no solo organizó las memorias del misionero, sino que las convirtió en el primer gran puente impreso entre Europa y China. La obra fue traducida a varias lenguas y difundida por todo el continente.
Ricci había entendido que para evangelizar en China no bastaba con traducir palabras. Había que traducir mentalidades. Aprendió el idioma clásico chino con una disciplina absoluta, y no solo para poder comunicarse, sino para leer y debatir con los letrados en su propio terreno. Adoptó la vestimenta de los eruditos confucianos, con túnica larga y gorro cuadrado, y se presentó como uno más entre ellos. Fue conocido como Li Madou (利瑪竇), una adaptación fonética de su nombre. Gracias a ese gesto, consiguió que lo recibieran en los círculos intelectuales de la época. Allí desplegó lo que había venido a hacer: anunciar el Evangelio desde el respeto, no desde la imposición.
Para hablar de Dios en chino, no improvisó. Fue extremadamente prudente en la elección de los términos. Escogió Tiānzhǔ (天主), “Señor del Cielo”, un concepto con resonancia en los textos clásicos, que evitaba el sincretismo y, al mismo tiempo, abría espacio para explicar la noción cristiana de un Dios único, creador y personal. También tradujo el concepto bíblico del mandato divino como Tiānmìng (天命), “mandato del Cielo”, y explicó que el poder legítimo de los emperadores procedía, en último término, del Señor del Cielo. Para Ricci, el cristianismo no venía a destruir la estructura moral del confucianismo, sino a perfeccionarla. Decía que ambas enseñanzas coincidían en lo esencial: el respeto a los mayores, la dignidad de la familia, la búsqueda de la virtud. Y si el confucianismo honraba a Confucio por su sabiduría, el cristianismo también era una religión del libro, con sus propios sabios y sus propias enseñanzas.
Uno de los puntos más delicados de su misión fue su interpretación de los rituales confucianos en honor a los antepasados. Ricci llegó a la conclusión de que eran actos civiles, no religiosos. Eran, según decía, formas de mostrar gratitud a los difuntos, sin atribuirles carácter divino. Gracias a esta lectura, permitió a los cristianos chinos seguir participando en estas ceremonias sin romper con sus familias ni con su cultura. Esta postura facilitó en gran medida la aceptación del cristianismo entre la élite educada. Pero también sembró la semilla de una disputa que, décadas después, dividiría a la Iglesia.
La llamada “Controversia de los Ritos” estalló cuando otros misioneros —dominicos y franciscanos— llegaron a China y consideraron que esas prácticas eran inaceptables. Desde su punto de vista, participar en rituales confucianos implicaba idolatría. Llevaron el caso a Roma. En 1645, la Santa Sede se pronunció en contra de los ritos. Pero en 1656 rectificó, permitiéndolos si no eran religiosos. En 1704, la postura volvió a endurecerse: el papa Clemente XI emitió un decreto prohibiendo que los cristianos tomaran parte en esos rituales. Y en 1715, con la bula Ex illa Die, reforzó esta prohibición. La orden incluía también limitar el uso de términos tradicionales para Dios como Shàngdì o Tiān, aceptando solo Tiānzhǔ.
La decisión fue ejecutada con firmeza por el legado pontificio Charles-Thomas Maillard de Tournon, que llegó a Pekín en 1705. Presentó las nuevas normas a la corte del emperador Kangxi. El resultado fue desastroso. Ofendido por la injerencia extranjera en costumbres chinas, el emperador expulsó a Tournon y exigió que cualquier misionero que deseara permanecer en China debía atenerse al método de Ricci. Roma se mantuvo firme. En 1742, Benedicto XIV confirmó la condena y prohibió incluso volver a debatir el asunto. El golpe fue devastador: en 1721, el emperador Kangxi prohibió la predicación cristiana, y durante más de un siglo la misión quedó paralizada.
No fue hasta 1939, ya en el siglo XX, que Pío XII autorizó de nuevo la participación de los católicos chinos en los ritos tradicionales, reconociendo su carácter civil. Tarde, pero Ricci tenía razón.
Hoy, su historia sigue ofreciendo una lección vigente: ¿cómo acercarnos a culturas distintas sin imponer nuestros códigos? ¿Cómo anunciar algo sin negar lo que el otro ya valora? Ricci no fue ingenuo. Supo hasta dónde llegar, y por qué. Su método fue lento, paciente y exigente, pero también fértil. Y sobre todo, respetuoso.
En su biografía “Matteo Ricci. Un jesuita en la corte de los Ming”, Michela Fontana reconstruye esta aventura desde las propias cartas y escritos de Ricci. No lo idealiza, pero tampoco lo reduce. Aporta contexto, distancia y precisión. Y lo devuelve como lo que fue: un hombre que supo mirar a China sin prejuicios, y que descubrió, en ese esfuerzo, una nueva forma de ser cristiano. Su retrato completa y actualiza el que ofreció Nicolas Trigault, y abre una puerta para comprender mejor por qué Oriente y Occidente aún se miran con recelo, pero también con fascinación.



