Lecciones de resiliencia en “El último jesuita”
Hay momentos en que la vida se estrecha hasta dejarte frente a lo esencial. Todo lo que parecía firme se desvanece, y el alma se queda sola ante su verdad. Verse reducido o eliminado duele porque obliga a soltar los apoyos y mirar de frente el vacío. Pero en ese borde nace una claridad: cuando ya no queda nada que defender, aparece lo que realmente sostiene. Así ocurrió también en la historia de la Compañía de Jesús.
Pedro Miguel Lamet lo muestra con fuerza en El último jesuita. Bajo la forma de novela histórica, ofrece una reflexión sobre la fidelidad y la identidad cuando desaparecen las seguridades. Relata la supresión de la Compañía en el siglo XVIII, pero lo hace con una mirada que trasciende los hechos. En el derrumbe de una institución, Lamet descubre la capacidad humana de seguir buscando sentido incluso en medio del despojo.
La novela recuerda algo esencial: la fidelidad no depende de estructuras ni de nombres, sino de la convicción que sostiene una vida. Así, la pérdida del poder, la confiscación de los bienes y la desaparición del reconocimiento público se convirtieron en el crisol donde se purificó la esencia de la vocación jesuita. Lamet nos invita a mirar cómo, al quedarse sin suelo bajo los pies, aquellos hombres encontraron la fortaleza no en lo que tenían, sino en lo que eran.
El Despojo
Antes de su caída, la Compañía de Jesús era una fuerza global. Aconsejaba a reyes, educaba a las élites y extendía sus misiones por Europa, América y Asia. Su método educativo, la Ratio studiorum, había marcado generaciones. Su presencia en las cortes y su influencia intelectual despertaban respeto, pero también recelo. Para muchos, eran una potencia dentro de las potencias.
El proceso de “despojo” que la novela narra fue, por tanto, de una brutalidad proporcional a la altura de la que cayeron. La expulsión de los jesuitas españoles se ejecutó con la precisión implacable de una “operación cesárea”, una acción militar coordinada y secreta. Fueron arrancados de sus colegios y residencias bajo la vigilancia de soldados con la “bayoneta calada”, privados de todo salvo “lo puesto”. La novela ilustra la brutalidad de este patrón de destierro a través del calvario previo de los jesuitas portugueses, hacinados en las bodegas de navíos donde el capitán tenía la obligación de entregarlos, “vivos o muertos”, en los puertos de los Estados Pontificios. La humillación final llegó cuando el propio papa, Clemente XIV, presionado por las coronas borbónicas, les negó el desembarco, dejándolos a la deriva como apátridas de la fe.
Aquella pérdida total de estructuras, poder y reconocimiento dejó al descubierto la fragilidad de toda institución que olvida su raíz espiritual. El narrador de esta novela lo expresa con una pregunta que atraviesa el relato: “¿Se había olvidado Jesús de su Compañía?”. La verdadera cuestión, sin embargo, no era política ni teológica, sino vital: ¿qué queda cuando una vocación pierde todo su andamiaje externo?
El Espíritu que permanece
Fue en la dispersión, cuando la institución dejó de existir, donde se probó su espíritu. La novela demuestra con sutileza y fuerza que la esencia de la vocación ignaciana no fue aniquilada junto con su estructura jurídica. Al contrario, despojada de sus púlpitos, cátedras y palacios, esa esencia se vio forzada a manifestarse en su forma más pura y resiliente.
Los ejemplos que destila la narración son elocuentes. En el exilio, el anonimato y la precariedad, los jesuitas no dejaron de ser quienes eran. Mantuvieron vivas sus prácticas espirituales diarias, como el metódico examen de conciencia que habían aprendido desde el noviciado. Demostraron una lealtad inquebrantable a su comunidad, como los hermanos José y Nicolás Pignatelli, dos nobles aragoneses que, pese a recibir ofertas directas del rey de España para regresar a una vida de privilegios, eligieron permanecer en el destierro con sus hermanos proscritos. Y perseveraron en su labor intelectual, la otra gran columna de su identidad: el padre Isla continuó su obra literaria y el padre Luengo, desprovisto de un aula formal, siguió impartiendo sus clases de metafísica a los estudiantes en un palacete alquilado en Córcega y luego en las afueras de Bolonia.
Estos actos, realizados en la oscuridad y sin esperanza de reconocimiento, demuestran que su espiritualidad no pertenecía a un edificio, sino a una manera de mirar la realidad. La formación ignaciana, diseñada para “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, les había proporcionado una lente interior que no se quebró con el exilio. Esa “mirada” seguía activa, buscando un propósito y un sentido incluso en la desolación de una isla en guerra o en la incertidumbre de un albergue italiano. La supervivencia de este espíritu no fue un mero acto de resistencia; fue el germen silencioso de una profunda transformación interior.
Perder poder para ganar fondo
La experiencia del destierro, lejos de ser una simple pausa antes de la restauración final, funcionó como un proceso de purificación. La expulsión fue el desenlace de un proceso largo y calculado, impulsado por las monarquías borbónicas y sus ministros regalistas. La Compañía había perdido influencia en la corte desde que el padre Rávago dejó de ser confesor de Fernando VI, y bajo Carlos III el cerco se cerró. Moñino, Roda y Campomanes maniobraron para debilitarla, alentando la idea de un supuesto “tesoro jesuita” y convenciendo al rey de la necesidad de que los eliminara de raíz. En 1767, los soldados irrumpieron de noche en colegios y residencias, y los religiosos fueron deportados con lo puesto. El general Lorenzo Ricci murió preso en el Castel Sant’Angelo, y el nombre de Jesús fue borrado de las fachadas. La Corona había logrado su objetivo: extirpar del reino una fuerza que consideraba incómoda.
Sin embargo, aquel despojo extremo despertó una fortaleza espiritual que ningún decreto pudo suprimir. En el exilio, muchos jesuitas encontraron en la pobreza y la humillación el corazón de su vocación. Lorenzo Ricci aceptó su arresto diciendo: “Adoro la voluntad de Dios”. Otros, como el padre Javier, dedicaron su vida a cuidar enfermos en Bolonia, convencidos de que solo desde la entrega nace la verdadera libertad. José Pignatelli sostuvo a sus hermanos dispersos con discreción y fe. De ese tiempo oscuro quedó una enseñanza esencial para la memoria jesuítica: la fe y la vocación, cuando se despojan de privilegios, se vuelven más auténticas. Lo que parecía el fin fue, en realidad, una purificación. La Compañía desapareció de los mapas, pero no del espíritu de quienes siguieron viviendo con la misma libertad interior.
El fuego interior
El último jesuita va más allá del relato histórico. Nos habla de la identidad que sobrevive a la ruina. Muestra que toda vocación —personal o colectiva— revela su verdad no en la cima del éxito, sino cuando se queda sin apoyos. En esa desnudez emerge el fuego interior: la voluntad de servir, la búsqueda de sentido, la fidelidad que no depende del reconocimiento.
Lo que permanece tras el desmoronamiento de las estructuras no es la influencia, la visibilidad ni la riqueza, sino el “fuego interior”: ese impulso de seguir sirviendo, de seguir buscando un sentido, de mantener la fidelidad a un propósito que ya no cuenta con ningún respaldo externo. Es el espíritu que se niega a disolverse con la institución, como afirmaba el propio San Ignacio casi dos siglos antes: “Si la Compañía se disolviera como sal en el agua, me bastaría un cuarto de hora de oración para quedarme en paz”. Esa es la lección más profunda de este libro: lo esencial nunca se pierde, solo se depura.
Las instituciones, como las personas, atraviesan inevitables ciclos de ocaso y desintegración. Solo aquellas que, en medio de la noche más oscura, logran conservar intacta su esencia espiritual, su propósito fundacional, pueden verdaderamente renacer. No como una simple restauración del pasado, sino como algo nuevo, purificado por la prueba y fortalecido por la pérdida.



