Entrevista a Vicente Aznar Mengual SJ, comentarista del Evangelio Diario de la Compañía de Jesús 2026
Vicente Aznar Mengual, SJ, es un sacerdote jesuita español especializado en espiritualidad ignaciana. Dirige Ejercicios Espirituales y retiros en distintos lugares de España, acompañando a personas y grupos en procesos de discernimiento y crecimiento interior.
Para el 2026, es el comentarista del Evangelio Diario en la Compañía de Jesús, donde ha querido combinar la profundidad teológica con la frescura pastoral que busca hacer visible a Dios en lo cotidiano.
Hoy conversa con nosotros sobre el Evangelio de Mateo, la oración diaria, las heridas del tiempo presente y ese Cristo pobre y humilde que, como diría Ignacio, sigue invitando a mirar la vida con hondura.
El ciclo litúrgico de 2026 gira en torno al Evangelio de Mateo. ¿Qué rasgos de Jesús te conmueven más en este evangelio?
Lo que más me conmueve del Jesús que nos regala Mateo es su ardor, ese fuego interior cuando habla de las cosas de Dios y de su Reino como realidades palpables, tan cercanas que casi se pueden tocar. Es un Jesús que no deja indiferente, que sacude y desarma. Su palabra invita a dejarse alcanzar por ese Dios-con-nosotros incluso en medio de las miradas cínicas o de las cicatrices que todavía sangran.
En Mateo, la presencia de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesús. Y a la vez, se transparenta en cada vida, en lo cotidiano. Dios se hace cercano con ternura, derriba murallas, alivia el cansancio y enseña a reajustar brújulas, a ordenar prioridades desde una exigencia radical: “Sed perfectos”. Esa perfección, para el Jesús judío, no tiene nada que ver con rigidez ni con normas, sino con fidelidad a la Ley del Amor. Personalmente me llega mucho la formulación de Lucas, “Sed misericordiosos”, porque al final expresan lo mismo: el amor sin medida, el perdón que no calcula, la llamada a ser sal y luz.
Y hay algo más. Mateo no disimula la fragilidad humana. Muestra dudas, vulnerabilidad, cansancio. Es ahí donde Jesús enseña que creer es confiar, y esa confianza sostiene cuando las fuerzas flaquean. En los encuentros pascuales resuena esa actitud que sostiene la vida: “No tengáis miedo, alegraos”. El Evangelio atraviesa la historia, entra en las heridas, levanta del suelo y enseña a mirar con esperanza, incluso en medio de las sombras.
El Evangelio Diario busca impactar en la vida. ¿Qué actitudes concretas debe inspirar la oración con la Palabra?
La palabra “deber” me incomoda. La vida del Espíritu no va de imperativos ni de recetas. El que inspira es Dios, y su camino en cada uno es imprevisible. Dicho esto, hay disposiciones que ayudan, y eso es muy ignaciano. En mi experiencia, la disposición fundamental es la apertura: quitar prejuicios, fiarse y dejarse sorprender.
Esa apertura cambia la mirada cuando la desolación pesa. Nos vuelve permeables a Dios y a los demás, permite mirar las heridas sin esconderlas, no para regodearse, sino para iniciar procesos de sanación. Nos empuja a tender puentes, restaurar vínculos, reconciliarnos con nosotros mismos, con los otros y con nuestras instituciones. La vida es compleja, sí, pero esa complejidad no es una amenaza, sino una posibilidad. Y sobre todo, la oración con el Evangelio nos enseña a respirar hondo, a dejar de justificarnos, a escuchar más y complicar menos.
¿Dónde resulta más difícil reconocer la presencia de Dios hoy?
Muchas veces los espacios donde no lo reconocemos no se deben a su ausencia, sino a nuestras actitudes. El sufrimiento, la enfermedad o la pérdida pueden ser lugares de encuentro, pero también pueden cerrarnos del todo. Vivimos engañados por una imagen falsa de lo humano: siempre jóvenes, sanos, exitosos. Y al creernos ese mito, olvidamos que la esencia de ser persona es la fragilidad.
Hay lugares de los que no se sale solo. La depresión, por ejemplo, encierra y apaga el horizonte. En esos casos, Dios puede necesitar también la ayuda de otros, incluso médica. También nos alejamos de su presencia cuando las prisas o el activismo nos devoran, o cuando la rutina se convierte en monotonía estéril. Hasta la Palabra de Dios, a veces, la tratamos como un producto más: la leemos sin dejar que nos toque.
Los espacios más difíciles no son las oscuridades de fuera, sino las esquinas endurecidas del corazón. Cuando dejamos que la crítica, la hostilidad o el juicio nos anestesien, perdemos la capacidad de reconocer al otro —y a Dios— como alguien tan frágil y vulnerable como nosotros.
Comentar un ciclo entero del Evangelio requiere constancia. ¿Qué cambia más: tu lectura del texto o tu mirada sobre ti mismo?
Hacer los comentarios no ha sido tarea ligera, pero sí profundamente enriquecedora. Cada texto pasó por el fuego lento de la oración. Fueron más de dos años, en los que también mi vida cambió: mi entorno, mi misión, mis afectos. Todo eso influyó en cómo leía y comprendía. Mi intención fue siempre una lectura espiritual, hecha desde la entraña.
He sentido, día tras día, la continuidad de la Palabra. El Evangelio es una sinfonía que no se puede trocear. Leerlo así, dentro del tiempo litúrgico y en diálogo con los días anteriores, te obliga a una hondura distinta, a una reverencia mayor. Pero también descubres algo más: al cambiar la mirada sobre el Evangelio, cambia tu mirada sobre ti mismo. Se aprende a mirarse con ternura, con más cariño. Jesús no juzga; acoge y dignifica. Ojalá aprenda a mirarme como Él me mira.
¿Qué tensiones viviste entre ser fiel al texto bíblico y hacerlo cercano a la vida actual?
Cuando hablo del Evangelio, la tensión suele ser poca, porque disfruto al hacerlo. Lo de Jesús es cercano a la vida, no una letra muerta. La fricción surge cuando un texto toca temas complejos que se interpretan de modos opuestos, incluso dentro de la Iglesia. Ahí sí me he contenido alguna vez, por miedo a herir sensibilidades.
La tensión no está en la Palabra, sino en la palabra humana, que puede dividir. Frente a las rigideces humanas, lo de Jesús es una radical misericordia: la acogida, la mesa compartida. Aun así, la realidad impone límites. El deseo de libertad para decir lo que sana es absoluto, pero nadie es del todo libre. Supongo que con los años se aprende. Mirando a mi madre, me doy cuenta de que es posible.
¿Qué esperas que quede en el lector al terminar un año con el Evangelio Diario?
Desde luego no está pensado para leerse de un tirón, sino para acompañar. Es un camino que se recorre poco a poco, día a día. Ojalá, al cerrar el año, quien haya orado con el Evangelio se sienta mirado, acogido y agradecido a Dios por tanto. Que se quede con la experiencia de haber sido acompañado.
Mi intención ha sido sencilla: ayudar. Si mis palabras despiertan el deseo de desear, ya es una buena señal. Siempre repito lo mismo en Ejercicios: acoge lo que te ayude, y lo que no, déjalo pasar. Esa ha sido la intención de fondo: compartir, acompañar, inspirar, ayudar.
Ignacio quedó prendado del Cristo pobre y humilde. ¿Cómo traduces hoy esa experiencia al comentar el Evangelio?
Al escribir, no me propuse traducir de forma consciente la espiritualidad ignaciana, pero inevitablemente aparece. Ignacio se dejó cautivar por el Cristo vivo, pobre y humilde. Ese Cristo que se abaja, que se hace cercano, que invita a recorrer su mismo camino de entrega.
Y así, casi sin querer, en los comentarios se cuela ese Jesús que elige lo pequeño, que prefiere la sinceridad al aplauso, que hace del amar y del servir dos formas de una misma palabra. Es el Jesús que se sienta a la mesa compartida, que alivia sufrimientos, que se acerca sin miedo a la miseria humana con entrañas compasivas. Ese rostro del Cristo pobre y humilde es el que, sin grandes gestos, atraviesa cada línea del Evangelio Diario.




