La noticia llega como un viento que empuja las puertas y obliga a mirar hacia adelante: el papa Francisco ha muerto. Pero su voz, con sus grietas y su calidez, no se apaga. Ha estado ahí durante doce años, alcanzando rincones insospechados, despertando conciencias, recordándonos que la fe nunca es resignación, sino confianza en que todo puede transformarse.
Desde el principio, esquivó los convencionalismos que se esperan de un papa, si es que existen. Zapatos negros, anillo y cruz de plata, una habitación en la Casa Santa Marta, un Renault 4 con 300.000 kilómetros a cuestas, la costumbre de apagar la luz al salir de la habitación, homilías espontáneas, un respeto genuino y discreto hacia su antecesor. Nada de boato innecesario. Solo palabras y gestos claros. Venía de la calle, de mirar a la gente a los ojos, de tocar lo que otros solo mencionaban.
Aquel 13 de marzo de 2013 apareció en el balcón de San Pedro con una petición inesperada: pidió a la gente que rezara por él antes de impartir su bendición. “Vengo de los confines del mundo”, dijo, con una mezcla de alegría y humildad que nunca perdió.
Traía consigo una esperanza trabajada, curtida en las calles de Buenos Aires, en las miradas de los marginados, en el olor a oveja que insistía en que los pastores debían llevar consigo. Con eso, empezó a desarmar la imagen de una Iglesia lejana e intocable y acercó a todos un evangelio que huele a tierra, a sudor, a humanidad, a respeto y a justicia. No prometió caminos fáciles ni soluciones rápidas, pero sí la certeza de que la fe es un viaje que siempre se hace acompañado.
Fue el papa de la Esperanza porque supo mirarla y predicarla sin ingenuidad, pero sin rendirse al desánimo. Llamó a la Iglesia y al mundo entero a no encerrarse en el miedo, a no vivir con gesto adusto ni con la rigidez de quien solo busca normas. Invitó a confiar en que Dios actúa en lo pequeño, en lo frágil, en lo inesperado. Creyó en el poder de la misericordia, en la fuerza de un abrazo, en la revolución de la ternura.
Ahora su muerte nos lleva a mirar con nuevos ojos la fragilidad que fue creciendo en él los últimos años. Su cuerpo cojo aferrado a un bastón por culpa de una rodilla castigada, su figura encorvada en la silla de ruedas. Pero ni siquiera esas limitaciones lo detuvieron. Siguió subiéndose a aviones para ir donde otros no iban. Las dificultades para respirar o la tos lo interrumpían, pero no lo callaban. “La carne de Cristo está en los pobres”, repetía. Y lo vivía.
Su muerte no es una página que se cierra, sino una historia que sigue. Porque la esperanza que nos da la fe no se detiene en la cruz ni en la tumba. Francisco, con su raíz jesuita, vivía esa espiritualidad de la resurrección que asume el amor entregado del Viernes Santo, pero que siempre apunta a la alegría indiscutible del Domingo de Pascua. Cuesta no imaginarlo ahora, frente al Padre que tanto buscó en los rostros de los demás. Quizá lo reciba con las mismas palabras que él usó tantas veces: “Querido hijo, ven, siéntate aquí”. Y desde ahí, sigue intercediendo por esta Iglesia, siempre necesitada de ternura y valentía.
¿Qué queda de Francisco? Queda la certeza de que la fe es una invitación constante a salir, a tocar las heridas, a no vivir desde una burbuja cómoda. Queda su risa cómplice, su espontaneidad, sus palabras simples que han abierto tantas puertas. Queda su evangelio sin rodeos, su defensa de los olvidados, su insistencia en que Dios nunca se cansa de perdonar.
Pero sobre todo, queda la esperanza que predicó y revitalizó. Porque la esperanza no es una emoción pasajera, ni un parche para el alma, sino una apuesta por seguir creyendo en lo bueno, por pelear por un mundo más humano, por no tirar la toalla aunque todo pinte mal. Él lo hizo hasta el final. Y ahora nos toca a nosotros.
Hoy, mientras confiamos en el Espíritu esperando al nuevo sucesor de Pedro, muchos sentimos la necesidad de quedarnos con Francisco un poquito más. Porque su esperanza aún calienta y reconforta.
En ese silencio que llega podemos elevar este susurro: “Francisco, gracias. Ruega por nosotros, que aún caminamos entre sombras buscando la luz”.
Muy bien, siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré. Entra en la alegría de tu señor. (Mateo 25,23)

