Pedro Arrupe. Así lo vieron...

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Cuando, el 7 de agosto de 1981, al regreso de un viaje a Filipinas, Pedro Arrupe se vio fulminado por una trombosis cerebral en el aeropuerto de Roma, la noticia produjo una tremenda conmoción no sólo en la Compañía de Jesús, sino en toda la Iglesia y fuera de ella.

Cuando dos meses más tarde, el 6 de octubre, el Papa intervino en el gobierno ordinario de la Compañía nombrando al P. Paolo Dezza Delegado personal suyo y Superior General en funciones de la Orden jesuítica, no faltaron (tanto dentro como fuera de la Compañía) quienes mostraran su estupor y hasta su disconformidad hacia lo que muchos consideraron una introducción innecesaria en la marcha normal de la Orden. Temían, además, que aquello pudiera constituir una desautorización global de lo que habían significado los dieciséis años de Generalato de Pedro Arrupe al frente de la Compañía de Jesús.

Arrupe, por su parte, recibió la medida con el espíritu de obediencia y amor a la Iglesia y al Papa que había evidenciado a lo largo de su vida. Se equivocaron quienes pensaban que iba a producirse entre los jesuitas una especie de "rebelión". Y erraron aún más quienes dieron por sentado que iba a quedar truncada la renovación de la Compañía emprendida por Pedro Arrupe (secundado por toda la Orden a través de dos sucesivas Congregaciones Generales) a raíz del Concilio Vaticano II. Lo acaecido en la Compañía de Jesús a lo largo de estos años no había sido fruto de un capricho, sino consecuencia de la acción del Espíritu, que se sirvió de la docilidad a Su voz de un hombre providencial, bajo el cual los jesuitas supieron abrirse (con resistencias, como no podía ser menos - y a este respecto es sumamente ilustrativo el relato que hace Manuel Alcalá de los dolorosos acontecimientos ocurridos en España a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta-) a las interpelaciones del mundo moderno y al desafío que ello suponía para la Iglesia.

En este libro hablan jesuitas que le conocieron y que trabajaron junto a él . Cada cual lo ve a su modo. Pero todos coinciden en destacar el excepcional talante espiritual de Pedro Arrupe y el nuevo estilo de que supo imbuir el ejercicio de la autoridad en una institución eclesial de la envergadura, la importancia y el influjo de la Compañía de Jesús.

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