El secuestro de la verdad. Los hombres secuestran la verdad con su injusticia
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Este volumen quiere ser un complemento necesario del anterior (La Justicia que brota de la Fe, Sal Terrae 1983), con el que coincide fundamentalmente en temática, equipo redactor y método de trabajo. Si allí pretendimos decir que la lucha por la justicia constituye una exigencia absoluta del servicio a la fe, ahora se trata de mostrar -en dirección contraria- que la injusticia o la connivencia con ella pueden convertirse en obstáculo definitivo que opaque la fe, la desfigure o la haga simplemente imposible como fe cristiana.

Al decir que este volumen es complemento del anterior, debemos añadir dos cosas. Es un complemento más cercano para nosotros, cristianos del mundo desarrollado. (Quizás el volumen anterior resultaba más inmediatamente útil para cristianos del Tercer Mundo, donde el clamor de las situaciones de injusticia y la necesidad de "hacer algo" son infinitamente más desesperados). Y es, además, un complemento más difícil de aceptar, porque nos deja una pregunta muy incómoda: ¿estamos nosotros en el 'lugar' o en el contexto desde el que se pueden creer? o ¿no será que, antes de oscurecerse Dios en nuestra sociedad desarrollada, es el amor lo que se ha eclipsado? El amor, cuyas primeras obras elementales son el respeto y la justicia para con todos. ¿No será, pues, nuestra propia culpa contra ese amor que promueve la justicia la que luego camufla el eclipse de Dios, atribuyéndolo al progreso o a la técnica, en lugar de atribuirlo a los intereses insolidarios con que construimos ese progreso y esa técnica?

No vale la pena insistir en la seriedad de estas preguntas, sino tratar de acogerlas con un corazón contrito. Y (sin negar en absoluto la autonomía del problema de las mediaciones, de los lenguajes y de los cambios culturales) dar también beligerancia a la hipótesis que sugiere que el eclipse de Dios, su 'falta de noticias' en el mundo desarrollado, quizá nos revela a Dios como el Esposo engañado de Oseas y acusa a las iglesias del Primer Mundo de haber adulterado con sus riquezas y su connivencia con la explotación de los pueblos, mientras querían a estas hipótesis, porque, si tienen respuesta afirmativa, entonces nuestras iglesias, en lugar de confiar en vanas alianzas con los poderes de esta hora presente, como hacía el Israelí de antaño, deberían profetizar, con Amós, su propia catastrofe.

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