Grupo de Comunicación Loyola

La biografía de san Ignacio digna de una crónica de la época: hablan los testigos

La biografía de san Ignacio digna de una crónica de la época: hablan los testigos

“Todo el mundo sabe que Ignacio de Loyola se quedó cojo de una pierna de resultas de la herida en Pamplona. Pero ¿cuál, la derecha o la izquierda? No son muchos los historiadores que concreten ese punto. Algunos, como dice el mismo Ignacio en la autobiografía, mencionan la alpargata con la que protegía la pierna mala y el agujero que fue haciendo en el otro zapato. Pero les gustará saber que Ignacio en su ancianidad no se ayudaba de un bastón, como es, y era lo natural y corriente, sino de una caña”. Esta es una anécdota más, simpática y sencilla, que ofrece el lado más humano del fundador de la Compañía de Jesús y que el jesuita Miguel Lop Sebastià, SJ ha recopilado para el sello Mensajero. Son esos aspectos de la vida de Ignacio de Loyola (1491-1556) con los que ha trazado su biografía de manera atractiva. Como un "periodista curioso", Lop ha acudido a los testigos de la época y ha recopilado sus testimonios. "Con esta obra yo he pretendido presentar anécdotas por un lado exactas y contrastadas, y por otro que manifiesten más el lado humano del historiado, que además resultan bastante desconocidas por el gran público".

Otro ejemplo: “Una vez aprobada la Compañía por el papa Paulo III y elegido Ignacio por unanimidad como general, los fundadores fueron a la basílica de san Pablo a hacer los votos con lo que quedaba oficialmente constituida la Compañía. Los exactos historiadores se preocupan por la fecha, si era viernes, si fue en el altar de la Virgen, si la imagen que ahora está allí es todavía la misma que la de entonces…A mí me conmueve saber lo que mis queridos fundadores hicieron ese día: recorrieron las siete iglesias (peregrinación de moda entonces en Roma), y para ello alquilaron dos mulas, para los más débiles. Y después, el gran banquetazo que se pegaron al llegar a la basílica de san Juan de Letrán fué de dos huevos para cada uno que compró Ribadeneria, entonces novicio de 15 años. En casa todo el capital que tenían era un doblón”.

Esta colección de rasgos y "cosillas" en algunos casos son desconocidas o en otros, han sido muy poco difundidas. El libro Relatos ignacianos recoge esas "florecillas" tomadas del Monumenta Historica Societatis Iesu, de la Autobiografía escrita al dictado de Ignacio de Loyola por Jeronimo Nadal. Lop repara en las notas tomadas por Pedro de Ribadeneria antes de recibir el encargo de Francisco de Borja de escribir la Vida del santo tras su muerte. Muchas de esas notas no quedaron reflejadas. De estas mismas y de Vida de san Ignacio, redactada desde las experiencias y de las notas tomadas por el padre Cámara, han dado forma a esta biografía. El Sumario hispano de Polanco (1548) y la precedente Carta de Laínez (1547) fueron redactados cinco años antes de que Ignacio dictara a Luis Gonçalves da Câmara (1553-1555) sus memorias, conocidas como la autobiografía de Ignacio, y muchas cosas por ellos narradas no pudieron saberlas más que por boca del mismo Ignacio. 

También el Memorial del padre Luis Gonçalves de Cámara, que fue recogiendo al final de la vida de Ignacio durante un año muchas de las cosas que iba observando de su día a día, fue sustraído a la pública divulgación durante tres siglos, precisamente porque revelaba demasiados elementos “humanos” del santo. El lector de esta selección de relatos encontrará muchas novedades, simpáticas y sencillas y también algunas poco agradables.

Por ejemplo: “Todo el mundo conoce los problemas que tuvo la Compañía con la negativa a introducir el canto del Coro como algo constitutivo de una orden religiosa. Algunos ya llegan a saber que a Ignacio, por propia confesión, le gustaba la música y que solo prescindió del Coro por razones apostólicas. Y ahí se queda el asunto. Pero a mí, que soy músico", comenta Lop, "me llena de satisfacción enterarme de que a un Ignacio anciano y enfermo le gustaba le tocasen el clavicordio y que un Hermano le cantaba o semitonaba canciones como hacen los ciegos por la calle”.

De las anécdotas no tan agradables, Lop destaca las penitencias que imponía por faltas que hoy día parecen pequeñas: el excesivo cuidado con que exigía el orden y limpieza en las habitaciones, cómo se enfadaba por el ruido que se hacía por la casa...