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El santo ignaciano, de Ignacio de Loyola a Rutilio Grande

El santo ignaciano, de Ignacio de Loyola a Rutilio Grande

La fiesta de Ignacio de Loyola 31 de julio es el día de todos los santos jesuitas. Aquellos hombres “amigos en el Señor” del fundador de la Compañía de Jesús configurados en mente, alma y sentidos por los Ejercicios Espirituales, el legado principal del santo, y que alcanzaron mayor gloria alzados en los altares: Francisco Javier,  Francisco de Borja, Alonso Rodríguez, Pedro Fabro, Pedro Claver….así hasta los 53 nombres jesuitas santos y 153 beatos. En todos ellos, la esencia ignaciana de “en todo amar y servir” les llevó a entregar valiente y generosamente lo mejor de sí para “mayor gloria y  alabanza de Dios”. Así que aquel 31 de julio de 1556 en Roma no fue más que el principio. Los santos y beatos jesuitas dan fe de la llama encendida por Ignacio de Loyola así como los millones de creyentes seguidores de su modo de vivir el amor de Dios a lo largo de todos estos siglos. Todos desde una experiencia con capacidad para “hallar a Dios” en toda esa realidad que les tocó  vivir.

Y en ese buscar, hallar y cumplir la voluntad de Dios en todo, otros 80 hombres ignacianos consagraron su vida en su tiempo. Hoy la Compañía de Jesús tiene abiertas las causas de canonización, entre ellas la de Rutilio Grande, el jesuita asesinado en 1977 en El Salvador por quien empieza la gran lucha de Monseñor Romero para que el Gobierno investigara su muerte. Rutilio Grande, mártir de la evangelización rural, se convertirá en el último jesuita en ser elevado a los altares: “un sacerdote, un cristiano que en su bautismo y en su ordenación sacerdotal ha hecho una profesión de fe: creo en Dios Padre revelado por Cristo su Hijo, que nos ama y que nos invita al amor. Creo en una Iglesia que es signo de esa presencia del amor de Dios en el mundo, donde los hombres se dan la mano y se encuentran como hermanos”. En vida hizo realidad el mensaje de la Iglesia plasmado en su doctrina social, que dice a todo ser humano “que la religión cristiana no tiene un sentido solamente vertical, espiritualista, olvidándose de la miseria que lo rodea. Es un mirar a Dios, y desde Dios mirar al prójimo como hermano y sentir que todo lo que hicieran a uno de estos a mí lo hacen”.